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Historial

Pie de imprenta

 

En armonía

Al igual que en su instalación titulada "Fermata" de 1998, Katharina Gun Oehlert utiliza su ya conocido molde de torso para transportar un tema difícil: „La vida del ser humano entre su nacimiento y su muerte.“

El torso, el fragmento, funciona como pars pro toto, da lugar a la reducción a lo esencial, obliga a la contemplación. De esta manera, Katharina Gun Oehlert esquiva todo tipo de realismo antepuesto, evita el subjetivismo narrativo y el ornamento decorativo.

Elabora los torsos a partir de vaciados en yeso de cuerpos humanos, detrás de los cuales se oculta un individuo.

El vendaje de yeso y lino representa al mismo tiempo los cuerpos y las vestiduras, los refuerza como armaduras y acaba en echarpes, faldas y enaguas, a menudo puntiagudos y afilados como armas. Tienen caida como sólo la pueden tener telas mojadas, mientras que los cuerpos representan tensión, pechos y abdómenes que respiran.

Los colores proporcionan a los cuerpos calidez. El yeso parece madera pulida o marfil. Tonos rojos y marrones imitan la piel y dan la sensación de templura. Sombras negras y conturas les proporcionan estructura y firmeza.

Las esculturas, colgadas de finísimos cables, flotan en la sala sin tocarse. Cada una de ellas se mueve entre el día y la noche, entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte; divagan, seguras y tranquilas.

Las esculturas están de camino, imparables, erguidas, tranquilas, conscientes de la transformación y de la muerte.

La expresividad de toda la tribu es el resultado del modelado de individuos.

La estética de la obra está en su intensidad.

La obra enajena una autoconformidad arcáica: Las figuras están en armónia con sigo mismas, son simplemente como son, tienen su propio carácter, que manera que contrastan con todas las modas, porque representan el origen de la vitalidad, de la lucha por la vida, de la fuerza y de la capacidad de amar.

Rosmarie Kesselheim, 2000

...


En armonía

Dentro de la trivialidad del ámbito social cotidiano, la actividad artística no nace de la nada, sino de materiales tomados de la realidad. En su obra, la artista le asigna al ser contemporáneo el tema de la vanidad; primero para protegerse a sí misma, luego para buscar la representación de la vida social en las calles de su ciudad, en lugares públicos, cuya manera de funcionar conoce, hasta en los espacios de soledad y en las estaciones que dan asilo. Qué lucha por un modelo para reproducir el grandilucuente mundo trivial.
La artista recluta modelos, ídolos, que le proporcionan credibilidad al cuadro... Se esfuerza por conseguir implicar a los niños para que su amor quede plasmado en la obra... Se esfuerza para que el anciano, cuya simpatía nos acompaña desde la juventud, reciba su pequeño monumento... Recluta al ama de casa de al lado con sus pequeñas preocupaciones que la atormentan... al vendedor con su chispa y su simpatía... a la trabajadora que suspira deprimida bajo el peso del día a día cuando sale de la fábrica, que puede contar con la más sincera compasión... Pero también se esfuerza por conseguir como modelo al abogado afamado y ambicioso, para no isolar a los discriminados de los vanidosos...

Dentro de su estudio tan espartano, su residencia señorial ubicada en un polígono industrial, la artista cierra las cortinas para protegerse de la indiscreción, para poder consumar el proceso creativo. La luz es moderada, el vendaje de lino ya está imprimado, empastado, humedecido y mezclado con el yeso, la habitación está caldeada a una temperatura agradable, y la artista espera febril, nerviosa, pendiente de la ejecución. (...)

Con una tranquilidad y un silencio meditativos, la artista recibe a los modelos que la dejan tomar medida de sus cuerpos sin conocer su jalón. Le confían un mode de yeso de sus cuerpos. Se prestan para usos artísticos misteriosos y extraños.

Y la artista los recibe, asimila la copia de realidades y la transforma en arte, la transforma en su ansia expresiva de amor y dolor, de eros y pena. Une cada uno de los torsos, con sus biografías tan alienadas, a un conjunto en el misterio conceptual.

Dentro de la realización artística de la obra, las quince reproducciones de los modelos se transforman en esculturas que se independizan de ellos de manera desapasionada, recordando algo así como excavaciones antiguas de recuerdos del pasado, asociandolas con el subconsciente de otros tiempos.

La composición pictórica virtuosa en tonos terrosos de impresión monocromática enzarza a las figuras en una representación de conjunto melancólicamente inspirada con tendencia a la abstracción. Los cuerpos desnudos con vestidos uniformes parecen una tribu arcáica, de serenidad fantasmagórica.

Las esculpturas, revalorizadas a objetos a partir de la subjetivación, se agrupan de manera intuitiva bajo la sugestión creadora de la artista. Casi ceremoniosamente y siguiendo inefablemente un mito, les da vida propia a propósito de la conmemoración de la actualidad en la conciencia finita de los seres humanos.

Y al fin, el conjunto de esculturas callejea por un espacio formando parte de un marco museal acogedor y generoso, flotando como instalación artística, librado de manera amorfa de toda interacción psícica, haciendo visible lo que no se puede ver en la realidad: la armonía del ser existencial y la causa originaria de la vida; el desequilibrio originario de la vida; la suerte que oscila en la zona fronteriza entre lo certero y lo inconcebible.

La fertilidad, el desarrollo, la recompensa de la madurez y la seguridad dentro de su fragilidad, asociados en una diversidad de figuras anónimas, se evade, durante el instante de la observación, del jaleo cotidiano y viaja flotando más allá de la vanidad al pasado – asumido como arte, conducido desde el interior de la realidad hacia un conocimiento preconsciente, materializado en forma de mundo ficcional a modo de sueño, asociado en nuestra percepción, que nos define como seres coetáneos.

Robert Bosshard, 2000

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